Aproximación a las perversiones musicales
La revista cultural Agón me publicó un artículo en su número de otoño 2006. Aquí lo tenéis, por si lo queréis comentar, completar, criticar, etc:
APROXIMACIÓN A LAS PERVERSIONES MUSICALES
Por Juan Gómez, el Sobrino del Diablo, septiembre 2006
Mi compañero habitual de escenario -y sin embargo amigo- Fargo y yo las llamamos per-versiones. El gran cantautor surrealista mexicano Mauricio Díaz las llama a-versiones. Hay quien las llamaría re-versiones o incluso anti-versiones.Da lo mismo, la cuestión es molestar. Porque para tocar una canción ajena (es decir, en este caso, compuesta por otro), cosa por otro lado tan habitual en el mundo de la música popular de las últimas décadas en que -como diría Antón Reixa- “más vale ser que parecer” hay varios caminos algunos de ellos antagónicos y otros simplemente agónicos. Verbigracia:
Copiar absolutamente todo
Sí, esa es una vía fácil: copiar absolutamente todo (música, letra, arreglos) sin más, añadiendo la voz del “artista”, por llamarlo de alguna manera. O en términos aristotélicos hacer pura mimesis de la forma y contenido originales. Esto es lo más común en circuitos como el de la música melódica. Nadie le va a pedir a ningún triunfito o clon de los Ricky Martin, Civera, Raúl (el cantante, no el futbolista) que componga lo que canta. Normalmente les hacen las ¿canciones? con faltas de ortografía y letras de amor tremebundo a medida o bien tiran del recurso que postulamos en este apartado: copiar milimétricamente una canción de otro que ya fue un éxito en su tiempo, con lo cual se ahorra al público vago el terrible esfuerzo de acostumbrarse a una melodía nueva. En cosas así se ha basado la carrera de la presunta ¿cantautora? (que yo sepa nunca ha escrito ni una línea ni un acorde) Ana Belén. O de cosas mucho peores como los discos en que Tamara (la guapa, no la fea) revisitaba hits de Roberto Carlos -otra vez el cantante, no el futbolista- o Julito Iglesias, en este caso el ex-futbolista que se metió a cantante. Y ya que hablamos del bronceado divo de voz renqueante afincado en Miami., vayamos a la opción b, de la que es un notorio aficionado, en las dos acepciones, la neutra y la peyorativa, de este adjetivo. Veamos:
Adaptar la canción a tu estilo
Es decir, en otras palabras, interpretar una canción de otro/a/s llevándola a tu terreno.
A veces con resultados lamentables: sólo recordar cómo el mentado Julio Iglesias destrozó la cumbia colombiana popularizada por Carlos Vives La gota fría, ya me vienen escalofríos, arcadas, llanto y crujir de dientes. Lo mismo me pasa cuando recuerdo el modernísimo cover electrónico-cool de Nawjajean del gran tema de los gemelos escoceses The Proclaimers I am gonna be (500 miles). Sé que a mucha gente le gustará más la versión moderna, pero a mi -no sé, debo ser del pleistoceno- el 90 % de la música electrónica me suele provocar urticaria, con honrosas excepciones como las concesiones a la tecnología de Jorge Drexler, Jamiroquai, Bjork o Macaco.
Otro ejemplo bastante claro de cantar canciones de otro con un estilo propio cuanto menos discutible (a mi juicio casposo, la verdad) fue aquel disco de hace dos años en que la folklórica tan aficionada a la farla y otras cosillas noctámbulas María Jiménez perpetraba canciones de Sabina a ritmo de rumba flamenca.
En otros casos con resultados interesantes, como cuando el notable bluesman texano Freddie King convertía en un blues furibundo la canción quasi-country Lodi de Credence Crearwater Revival. O, dándole la vuelta al recurso, la revisitación progresiva del clásico country-blues de Robert Johnson Crossroads por parte de Cream, el mítico terceto de finales de los 60. O aquella impagable versión del grupo de rock duro Thin Lizzy del tema tradicional irlandés Whisky in the jar. También me resultó más que válida la versión folkie que a principios de los 90 se sacaron de la manga The Oyster Band a partir del tema antibelicista Love Vigilantes de los “industriales” New Order. Por poner sólo algunos ejemplos.
De vez en cuando con resultados maravillosos: me viene a la memoria la fantástica versión rumbera que hicieron los Azucarillo Kings del temazo de Pixies Where is my mind (sí, aquella cabción que sonaba alfinal de la película El club de la lucha). O la stoniana I am free bajo el prisma del brit pop de los Soup Dragons. Las versiones de temas de Bob Dylan por gente tan solvente como Jimi Hendrix o Manfred Mann estarían en esta clasificación, entre otras cosas porque no es difícil glosar y recrear los grandes temas de un espécimen como Dylan, tan genial a la hora de componer como flojo a la hora de como interpretar. Y a mí me tiene robado el corazón el cover que con ocasión del recopilatorio homenaje a Leonard Cohen I am your fan llevaron a cabo de forma magistral R.E.M con una versión de First we take Manhatan que en mi modesta opinión mejora el original.
Y en alguna ocasión con resultados entre lisérgicos y surrealistas, cuando no hilarantes como la célebre adaptación del Príncipe Gitano del tema de Elvis In the ghetto. Por no hablar de la discutible versión del himno heavy metal The trooper (Iron Maiden) en que Lemmy Kilmister (de Motorhead) se permite el lujo de cantar en otro tono al de la canción porque con su voz de arriero no llega al tono original, con todos mis respetos para Kilmister, que Motorhead siempre me han gustado.
Cambiarle la letra sin más
En este caso el objetivo puede ser doble:
a) Llegar a más gente y de paso vender discos.
Es el caso de las versiones en castellano de gente tan dispar como los MClan (quienes “m-clonaron” con intención de single Maggie Mae, de Rod Stewart y Serenade de Steve Miller Band), Los Sírex (recuerdo Jambalaya, de Hank Williams, lo cual tenía su mérito porque en España nadie se había atrevido con el country en esa época, además de algunas de los Beatles) o La Unión de quienes me dan cierta vergüenza ajena sus versiones de Tainted love de Soft Cell y de Long train running de los Doobie brothers. En este apartado merece la pena recordar al granhermanista Coyote Dax y su penosa versión de Achy-breaky Heart del actor y cantante Billy Ray Cyrus (llamada por él No rompas más mi pobre corasón) o Revolver, el grupo de Carlos Goñi, que recientemente han fusilado Old time rock and roll, de Bob Seger and the silver bullet band. También están los que se “autoversionan” en otra lengua -típico de los cantantes melódicos italianos- como Eros Ramazzoti, Tiziano Ferro o (aunque éste me parece mucho más interesante) Franco Battiato.
b) Divertir con una letra nueva y paródica.
Este caso suele ser más interesante y me vienen a la cabeza las simpáticas versiones de la banda gallega Siniestro Total: Miña terra galega por Sweet home Alabama de Lynnyrd Skynnyrd, Rock en Samil por Rockaway Beach de los Ramones o Chicas Católicas por Catholic girls de Frank Zappa. O las de los madrileños Petersellers: Indeleble por In the Navy, de Village People, Las zapatillas de bailar por Last night a DJ saved my life de Indeep o Nicky Lauda por Lady Laura, de Roberto Carlos (eso es hacer una versión y no lo de la mentada Tamara). También los catalanes Azucarillo Kings hicieron de las suyas con Espeluznante (Thriller, de Michael Jackson) o la versión jazzy de Humo en el water (Smoke on the water, de Deep purple) o la tronchante Space Oddity (Bowie) rumbera.
Desfigurar la canción original
Estas son las que me suelen gustar más, las que yo llamaría perversiones. Se trata de agarrar un tema conocido o no (aunque con los conocidos el shock es mayor) y a base de cambiarle la letra, los arreglos, la melodía o el ritmo o varias de estas cosas a la vez, hacer prácticamente una canción nueva.
El ejemplo que bajo mi punto de vista cumple estas premisas con mayor brillantez fue la versión que Willy deVille hizo del clásico hendrixiano (por cierto, la canción original tampoco era de Hendrix, sino de Billy Roberts, aunque también ha reivindicado su autoría Chester Powers) Hey Joe. DeVille respetó la letra original y varió melodía, arreglos y ritmo para convertir lo que en Hendrix era rock progresivo en…¡Un cha-cha-cha con vientos y violines mariachis! Maravillosa versión en mi humilde criterio, una de las mejores de la historia del pop y el rock. Ojalá la mayoría de versiones que se hacen fueran por estos valientes y sorprendentes derroteros.
Concluyendo ¿Por qué y para qué se hace una versión? Pregunto.
Y me contesto: para buscarle nuevos matices, para darle la vuelta, que ahí está la gracia. Porque para tocar como los Rolling ya están los Rolling. Ahora me viene a la cabeza la imagen un tanto patética del cantante de cierto grupo de versiones de los Stones que imita los movimientos de Mick Jagger hasta tal punto que los hace mejor que en la actualidad el propio cantante británico, por razones obvias de artrosis.
Pero en fin, como decía Paracelso (el pensador y alquimista suizo del siglo XVI, no el grupo de los 70 fundado por el Gran Wyoming y el Maestro Reverendo) “Sólo aquel que es uno mismo no será jamás ningún otro”