Sin la sombra de las torres - Art Spiegelman
Arte y cultura 11/09/2004
Dossier de prensa
Reproducción íntegra del prólogo…
¡SE NOS CAE EL CIELO ENCIMA!
SOY UNA PERSONA BASTANTE NERVIOSA y desquiciada. Los incidentes menores —una tubería embozada, llegar tarde a una cita— pueden hacer que se me caiga el cielo encima. Y esto es una amenaza que puede dejar a uno mal preparado para cuando el cielo se caiga de verdad. Antes del 11-S, los traumas que tenía eran más o menos autoinfligidos, pero el superar la nube tóxica que minutos antes había sido la torre norte del World Trade Center me dejó balanceándome en la delgada línea en que la Historia Universal confluye con la historia personal; la intersección de la que mis padres, supervivientes de Auschwitz, me habían alertado cuando me enseñaron a estar siempre listo para escapar.
Me costó mucho tiempo dejar atrás las torres en llamas. Historia personal aparte, los códigos postales parecían tener alguna relación con la intensidad de la respuesta. Mucho después de que los neoyorquinos del norte reanudasen su ejercicio diario por Central Park, los que vivíamos en el sur de Manhattan vimos nuestro vecindario convertido en una de esas comunidades residenciales valladas mientras teníamos que mostrar nuestra documentación en los controles policiales de la calle 14 para poder volver a casa.
Hasta que no visité una universidad en el centro del país a principios de octubre de 2001, no me di cuenta de que todos los neoyorquinos estaban afectadísimos en comparación con aquellos para los que el ataque era sólo una abstracción. El atentado del Pentágono confirmó que la masacre de Nueva York había sido efectivamente un ataque a los Estados Unidos, y no una simple refriega más en territorio extranjero. Aun así, los habitantes del pueblecito que visité en Indiana —plagado de banderas que me recordaron a los ajos que se ponían en las puertas para ahuyentar a los vampiros— estaban como mínimo igual de obsesionados por la violación del espacio de un vecino que por las amenazas de “terroristas de turbante”. Era como si estuviese paseándome por una versión invertida del célebre mapa de América vista desde la Novena Avenida de Saul Steinberg, en que el mundo conocido termina en el río Hudson; en Indiana, todo lo que estuviera más al este de las Alleghenies estaba muy, muy lejos…
Una de las cosas que advertí en esta situación límite mientras el polvo cubría Canal Street fue mi profundo afecto por el vecindario caótico al que puedo llamar sinceramente mi casa. La lealtad a esta pequeña parcela, sin afectar en todo el crisol, es lo más cerca que he estado del patriotismo. No podía imaginarme abandonando mi ciudad por seguridad para irme, por ejemplo, al sur de Francia y abrir el Herald Tribune en algún café francés para enterarme de que la ciudad de Nueva York había quedado reducida a escombros radioactivos. El hecho de darme cuenta de que realmente soy un cosmopolita “arraigado” está plasmado en la cuarta página del cómic Sin la sombra de las Torres que viene a continuación, pero la moraleja que se desprende de estas páginas queda implícita: aquella mañana prometí volver a dedicarme a tiempo completo a los cómics, a pesar de que éstos pueden suponer un trabajo tan intenso que uno ha de asumir que vivirá eternamente para poder hacerlos.
En aquellos primeros días después del 11-S, me ensimismé tanto construyendo teorías conspiratorias sobre la complicidad de mi propio gobierno en lo que había ocurrido que un francés se hubiera sentido orgulloso (mi tendencia a pensar que todo es una conspiración se remonta a mucho tiempo atrás, pero alcanzó su punto máximo tras las elecciones del año 2000). Sólo tras oír a los estadounidenses árabes echándoles la culpa a los judíos me paré a pensar y decidí que no era esencial saber exactamente cuánto sabían mis “dirigentes” sobre los secuestros antes de que ocurrieran: bastaba con que instrumentalizaran inmediatamente el ataque en beneficio de su propia agenda política. Mientras yo perdía los estribos en mi estudio, mi mujer Françoise jugaba a ser Juana de Arco: buscaba alojamiento temporal para amigos de Tribeca que se habían quedado sin techo; se colaba en las zonas acordonadas para llevarles agua a los equipos de rescate; e incluso, como directora artística de The New Yorker, consiguió sacarme una foto para la portada, una imagen póstuma en negro sobre negro de las torres publicada seis días después de los atentados.Había pasado gran parte de la década anterior al cambio de milenio intentando evitar hacer cómics, pero durante un tiempo desde 2002 hasta septiembre de 2003 me consagré a lo que se convirtió en una serie de diez páginas de gran tamaño sobre el 11 de septiembre y sus repercusiones. En un principio iba a ser una serie semanal, pero muchas de las páginas me llevaron por lo menos cinco semanas, por lo que no llegué ni a los plazos mensuales (¿cómo lo conseguían los creadores de tiras cómicas de prensa de principios del siglo XX? ¿Es que ponían anfetaminas en las máquinas de café de los estudios de animación de la Hearst’s?). Me acostumbré a canalizar mis modestas habilidades escribiendo ensayos y dibujando portadas para The New Yorker. Como a un agricultor al que le pagan por que no plante trigo, recogí los mejores resultados procedentes de dejar en barbecho mis destrezas al combinar ambas disciplinas.
Mi descontento con The New Yorker, que se remontaba a antes del 11 de septiembre, fue creciendo a medida que la revista se calmaba, mientras que yo aún no lo había hecho. Yo quería hacer cómics —al fin y al cabo, el desastre es mi musa— pero el tono complaciente de esta revista no era propenso a la comunicación de pánico e histeria. A principios del año 2002, cuando estaba tomando notas para una tira, recibí una oferta casual para hacer una serie de páginas sobre el tema que quisiese por parte de mi amigo Michael Naumann, que acababa de convertirse hacía poco en editor del conocido diario alemán Die Zeit. Esto me permitía conservar mis derechos en otras lenguas y venía acompañado de la promesa de que no habría interferencia editorial, una oferta que ningún ilustrador en su sano juicio podía rechazar. Ni siquiera uno en su enfermo juicio. El enorme tamaño de las páginas periodísticas a color parecía ideal para los rascacielos gigantescos y los acontecimientos espectaculares, y la idea de trabajar en unidades de una sola página se correspondía con mi convicción existencial de que podría ser que no viviera lo suficiente como para verlas publicadas. Quería separar las partes de lo que yo había experimentado, de las imágenes de los medios informativos que amenazaban con enterrar lo que realmente había visto, y la naturaleza estilo collage de la página de periódico estimuló mi impulso por yuxtaponer mis pensamientos fragmentados usando distintos estilos.
La imagen principal de mi mañana del 11 de septiembre —una imagen que no quedó fotografiada o grabada para la memoria pública pero que, varios años después, continúa grabada en mi retina— era la del esqueleto de la torre norte irguiéndose en llamas justo antes de evaporarse. Intenté plasmar esta imagen una y otra vez con resultados humillantes, pero finalmente conseguí llegar casi a capturar la visión de desintegración digitalmente, con el ordenador. Logré añadir alguna secuencia de mis recuerdos más vivos en torno a la imagen central, pero hubo otras que nunca llegué a dibujar. Quería plasmar el terrible viaje a través de una ciudad en pánico para recoger a Dash, nuestro hijo de nueve años, de la Escuela de las Naciones Unidas, que aquella mañana pensamos que sería un blanco probable de otro ataque, o que, una vez reunidos todos, rompiera a llorar y esto afectara más a mis hijos que los acontecimientos que habían precipitado mis sollozos. Tenía pensado hacer una secuencia sobre mi hija, Nadja, cuando el primer día de clase en el instituto de Brooklyn —al que la transfirieron mientras el suyo, que se encontraba en la Zona Cero, se utilizaba para atender a las víctimas— le dijeron que fuese vestida de rojo, azul y blanco. Yo le prohibí ir y me puse a gritar irritado que no había educado a mi hija para que se convirtiera en una maldita bandera. Ella intentó calmarme diciéndome que tenía el jersey perfecto para la ocasión. Pensé hacer una secuencia de “terror sexual” acerca de los rumores sobre mujeres que corrían patrióticamente hacia los escombros para consolar a los bomberos por la noche y apunté la observación que me hizo un amigo de Tribeca soltero de que aquellos primeros días eran “un momento perfecto para ligar” (yo le contesté que no me podía imaginar nada más antiorgásmico que aquellas torres de 110 plantas derrumbándose).
Ya me había imaginado que la sombra de las torres se iría desvaneciendo mientras revisaba mi dolor y lo guardaba en cajas. Pero lo que no me esperaba era que los secuestros del 11 de septiembre se verían a su vez secuestrados por las conspiraciones de Bush, que lo reducían todo a un póster para reclutar a gente para la guerra. Al principio, la Zona Cero marcó también un Año Cero.
Se vieron coronas de flores y símbolos de la paz idealistas durante algunos días en Union Square, lugar de control entre el sur de Manhattan y el resto de la ciudad. Pero pronto se los llevaron la lluvia y la policía mientras el mundo se apresuraba hacia nuestra “Nueva Normalidad”. Cuando el gobierno pasó al modo Gran Hermano distópico y empujó a Estados Unidos hacia una aventura colonialista en Iraq —mientras hacía muy poco por hacer realmente del país un lugar más seguro más allá de confiscar cortaúñas en los aeropuertos—, toda la rabia que me había tragado tras las elecciones de 2000 y toda la paranoia que apenas había conseguido sofocar inmediatamente tras el 11-S, volvieron con gran fuerza. Nuevos traumas empezaron a competir con heridas aún recientes y la naturaleza de mi proyecto comenzó a mutar.
Nunca quise ser un dibujante político. Trabajo demasiado despacio para responder a los acontecimientos efímeros mientras ocurren (¡Me costó trece años lidiar con la Segunda Guerra Mundial en Maus!). Además, no hay nada que tenga una vida más corta en los expositores que las caricaturas de políticos enfadados. Y yo siempre he pensado en hacer cosas que pasaran a la posteridad… cosas que parecían absurdas después al recordarme lo efímeros que son incluso los rascacielos o las instituciones democráticas.
A medida que la serie fue avanzando, encontré mi propia “coalición de la buena voluntad” para publicar con Die Zeit. La mayoría de los periódicos y revistas serios que encontraron un modo de albergar este gran formato, de contenido estrafalario y calendario imprevisible, se encontraban en “la vieja Europa” —Francia, Italia, Países Bajos e Inglaterra—, en donde mis visiones políticas rara vez se consideraban extremas. La idea de una prensa descaradamente partidista tiene mucho que recomendarles. En Estados Unidos, la acogida que recibí fue claramente mucho menos entusiasta. Fuera de la prensa alternativa de tendencias izquierdistas, las principales publicaciones que me buscaban para pedirme trabajos (entre ellos el New York Review of Books y el New York Times, además de The New Yorker) desaparecían cuando les ofrecía estas páginas o pasajes de la serie. Únicamente el semanario Forward, vestigio en inglés con poca circulación del en su día sobresaliente diario en yiddish, las compró y las publicó todas abiertamente. Le advertí al editor de Forward que estas páginas, a diferencia de las de Maus que en su día habían publicado en forma de serie, no tendrían demasiado contenido específicamente judío. Ofreciéndome el derecho a devolvérmelo, se encogió de hombros y me dijo: “No importa… eres judío”.
El ambiente de discurso en Estados Unidos cambió de manera radical justo cuando terminaba la serie. Lo que en su día era impensable, comenzaba ahora a comentarse más allá de la marginada prensa alternativa y de los programas humorísticos de televisión por cable a altas horas de la noche. El New York Times publicó una reseña sobre mí en la sección de arte en otoño de 2003 que incluso iba acompañada de la mismísima viñeta en que yo aparecía “igualmente aterrorizado” por Al-Qaeda que por mi propio gobierno, viñeta que dos años antes había hecho temblar a más de un editor. ¡Ay! Es duro ser un artista que siempre va unos segundos por delante de su época.
¿Qué es lo que cambió? Fundamentalmente, Estados Unidos entró en su temporada política preelectoral. Se espera un debate libre como prueba de la democracia en acción. Y aunque ha sido un enorme alivio oír que los temas apremiantes vuelven a recibir atención, me ha decepcionado que se hayan sofocado las críticas vigorosas hasta que se han podido contener como parte de lo que nos ocupa normalmente. El sentimiento de desplazamiento que reflejan estas páginas de Sin la sombra de las Torres surgió en parte por la falta de protestas contra los atentados mientras éstos se estaban cometiendo.
Aun así, el tiempo sigue pasando e incluso la Nueva Normalidad se hace vieja. Mis tiras son ahora un diario a cámara lenta de lo que experimenté cuando buscaba una ecuanimidad provisional; aunque tres años después sigo preparado para perderla a la mínima, o a la primera bomba que caiga. Sigo pensando que el mundo está acabándose, pero reconozco que parece que está acabándose más lentamente de lo que en un principio creí… así que he pensado que haría un libro.Art Spiegelman
Nueva York, 16 de febrero de 2004









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